Su rostro no tenía la alegría de otros días, su habitual sonrisa se había apagado. Contagiaba tristeza, el café matutino no tenía el sabor de un buen día; lo tomó en silencio. Cuando ese ritual de la amistad estaba en los segundos finales habló: "esperá, debo hacer unos cálculos". Tomó una servilleta muy fina y de contornos azules y comenzó a escribir con una lapicera negra: luz $ 80, gas $ 70, expensas..., cable ..., computadora …, supermercado...., ropa … Mientras hacía memoria y recordaba nuevos gastos el brillo de sus ojos se perdía de a poco, su cara denotaba preocupación. El papelito se llenaba de cifras sobre las que, en ese momento, parecía girar su vida. Y la asfixiaban. La soledad cuesta, y más si los padres están lejos. La independencia de juventud tiene precio. Y ella seguía: calzado..., teléfono..., transporte …., créditos..., tarjetas...., etc, etc. Miró al techo del bar mientras una joven moza dejaba la cuenta sobre la mesa. Suspiró, meneó la cabeza, se hizo hacia atrás y susurró muy bajito: "no voy a llegar". En ese momento, tomé el delgado papelito de ocho por ocho centímetros, observé sus cálculos y no se me ocurrió nada mejor que decirle: "¿todos tus gastos caben en esta servilletita?, vos sí que no tenés problemas, no necesitás un A4". No sé qué se le pasó por la cabeza, pero su sonrisa volvió de repente, miró todos los ceros que había dibujado y exclamó: "es cierto, no es como para preocuparme tanto". ¿Moraleja? Escuche a quien busca oídos y déle ánimos. ¿Consejo? Haga sus cuentas en papeles reducidos, si es posible en servilletas de descarte; mejor. ¿Ironía? Los gastos seguirán siendo los mismos, pero no "dolerán" tanto.